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Hacía algún tiempo que los invitados llegaron. A unos cuantos
kilómetros de Burgos capital y entre grandes chopos y un cercano y extenso
pinar, se erigía el lugar elegido para la ceremonia. Cuando se trata de monjes se suele hablar de monasterios, pero si son monjas sus habitantes, la denominación pasa a ser la de convento. En esta ocasión, supongo que monasterio sería lo conveniente. Anexa, otra edificación, más pequeña. Una ermita de vieja
piedra y grueso musgo castigada, como todo el entorno, monasterio incluido,
por el paso de crudas estaciones a través de siglos. Este era el sitio
exacto de la celebración, en cuyo interior esperaban cerca de ochenta
invitados y en el exterior juzgaban las bondades artísticas y paisajísticas
del lugar otras cuarenta personas, algunos de los cuales echaba en falta
la presencia de un "santuario" para calmar su sed, tan común en esta clase
de eventos. La cercanía del otoño se dejaba notar. La boda se celebraba en la ermita y no en el propio monasterio, mucho más grande, por deseo de la novia, pues recuerdos de su infancia manipularon esta decisión que, como no, alguno que otro criticó. En muy diversas disquisiciones estaban todos cuando el enorme cochazo negro, "Mercedes" antiguo, engalanado para la ocasión, hacía entrada por el portalón, abierto de par en par y únicamente para el coche nupcial. Lento, ceremonioso se dirigió donde todos esperaban, incluido el novio, impaciente. Besos al viento, agasajos, sonrisas, aplausos y comentarios de todo tipo acompañaban a la novia del brazo del padrino hasta la entrada de la ermita. Entraron los novios, padrinos y algunos de los que fuera esperaban. De los pocos que quedaron sin entrar, unos vigilaban a la chiquillería que no hiciera estropicio alguno en la huerta y otros, más relajados, contemplaban a su alrededor, analizando el lugar con detenimiento. De repente el motor de un deportivo se dejó oír, diríase que por toda la comarca, levantando polvareda y hojarasca a su paso, y en el exterior del recinto derrapó frente a los típicos ateos y agnósticos que en sus pensamientos estaban. Rojo descapotable, y todo lo que haría parecer a su ocupante un "nuevo rico". Alguien comentó con desdén: - "Por fin... tardaba mucho en llegar. Y el último, para hacerse notar..."
Segunda parte. El recién llegado abrió la puerta del coche, salió y se ajustó con sobrados aires su elegante chaqueta. Miró de frente a los que indiferentes le observaban, sonrió y gritó: -" Me echabais de menos...?" Nadie dijo nada, pero a medida que se acercaba a la puerta de la ermita, aún entreabierta, y con una leve cojera en su pierna derecha, los presentes se iban haciendo a un lado. Sin perder la sonrisa se dirigió hacia donde se encontraba un hombre, que a juzgar por su semblante, no sabía si estrecharle la mano o actuar como los demás. Finalmente, superado sin duda por la situación, optó por lo primero. -"Que tal estás Mo...Monegro...? Mientras los dos hombres se saludaban recordando el pasado, algunos monjes iban y venían a sus quehaceres diarios. Se les podía ver solos o en pareja, aunque esto último no era muy normal. Apenas hubo quien se percató de un curioso detalle. Todos ellos vestían un hábito similar, y todos ellos llevaban la capucha cubriéndoles la cabeza por completo. Debido a esto y a un gesto sumiso, era imposible verles la faz. De lo que nadie se dio cuenta es que, a unos metros de donde estaban los dos hombres, se hallaba una pareja de monjes observándoles. -" Bueno, bueno, Pedroso, otro infeliz que cae..." - Dijo
Monegro a su interlocutor mientras intentaba ver el interior de la ermita.
Casi gritaba Monegro asegurándose de ser oído por cualquiera
en un radio de cincuenta metros. -"Sabes de sobra que aquello no fue verdad"-
Respondió malhumorado Pedroso. Uno de los dos monjes que presenciaban la escena susurró algo a su compañero y seguidamente se dieron media vuelta, alejándose lentamente. -"Aquí está todo ocupado, ven, subamos por esas escaleras cochambrosas. Lo veremos mejor desde arriba." Dijo Monegro sin modular su timbre de voz. Todo el mundo miraba con ceño fruncido a los dos hombres y Pedroso dudaba entre creer que era por llegar tarde e interrumpiendo o simplemente porque nadie soportaba la presencia de su acompañante. Llegó a temer que le confundieran con alguien de la misma calaña que el tal Monegro. Pero no, no podía ser, la mayor parte de los presentes le conocían bien, sabían de su talante afable. En la balconada de la parte superior quedaba muy poco espacio. Espacio que ganó Monegro a empujones sin miramientos. Pedroso estaba inundado de vergüenza ajena. -" Estos monjes de mierda, tantas subvenciones para tener
todo esto como una pocilga, sin sitio para nadie...a picar en canteras
les ponía a todos. Y usted que mira señora!?, acaso no es verdad?. Si
cuidara mis negocios como estos parásitos cuidan este sitio, hacía tiempo
que ya estaba arruinado..." -Protestaba Monegro. Ni la mujer ni Pedroso pudieron oir bien estas palabras, pero el niño sintió una convulsión en su interior que le paralizó incluso lágrimas y llanto, por lo que todos pensaron que el hombre nada malo había dicho al pequeño. Monegro seguía jactándose de sus éxitos financieros y de su falta de escrúpulos. En ocasiones alzaba en exceso la voz, haciendo que muchas personas volvieran la vista donde él estaba. Pedroso no sabía donde meterse. La misa proseguía con normalidad y tampoco en esta ocasión hubo quien se fijara en un monje, que sentado en un viejo taburete, observaba las reacciones de los dos hombres desde el fondo de la balconada. Antes de terminar la ceremonia, el monje, se levantó de su asiento y lentamente pasó por detrás de los asistentes asomados a la barandilla de hierro. Bajando los peldaños de madera, abrió la puerta y desapareció tras ella. Solo los más cercanos al portalón de la ermita se percataron de su presencia.
Tercera parte. Dadas las dimensiones de la ermita y al gentío concurrente en la misma, los invitados de las balconadas laterales fueron los últimos en abandonar su lugar. Como es habitual, se produjo la consiguiente lluvia de pétalos sobre los ya esposos y el rosario de parabienes por parte de familiares y amigos. Ya habían salido los testigos de firmar, cuando dentro, una madre trataba de consolar a un niño que, de repente, rompió a llorar sin motivo aparente... Un hecho este, que retrasó la salida de un reducido grupo de personas, incluidos Pedroso y Monegro. -" Ya me costó subir estas escaleras antes y ahora me costará el doble bajarlas...joder!" -Protestaba sin parar Monegro.-" Y para colmo, creo que la venda que llevo en el pie se me ha aflojado...Puñetero crio, la que ha liado en un momento...!" Pedroso pensó que había llegado el momento de desmarcarse de su infame acompañante de una vez por todas. Sin decirle nada y sin esperarle, se fue a cumplir con la nueva familia. -"Me cago en...la venda esta...Se me ha soltado y me duele el tobillo. Este fisio es un incompetente...".- Mascullaba Monegro, mientras trataba de organizar el vendaje. Al cabo de unos pocos minutos, Monegro salió. Miró al cielo y comprobó que el azul había dejado paso al gris "panza de burro". -" Lo que faltaba...como llueva ahora, se me jode la tapicería...!"- Dijo para sí. Miró abajo, y a lo lejos, por la puerta de entrada al recinto ya se iban los novios en su imponente "Mercedes", seguidos por un grupo de chavales a la carrera que saludaban su partida. A mitad de camino al enorme portalón de doble hoja, paseaban los invitados, conversando, alegres, hacia sus coches en el exterior del monasterio, formando un pequeño rio humano, que entre árboles y flores iba, ignorando casi por completo a un rezagado Monegro. El sacerdote, una vez terminados los oficios, se prestó a ayudar al ver que nuestro desdichado protagonista caminaba a duras penas. Monegro, fiel a sí mismo, rehusó el amable ofrecimiento, pero esta vez, por vergüenza, omitió palabra obscena alguna. El cura, al sentirse rechazado, se fué. -" ¿Que te ha comentado el "mono-negro"?"- Preguntó un conocido
a Pedroso mientras miraban hacia atrás. Monegro, intentando mantener la compostura, y siempre sonriendo, dirigía sus lentos pasos hacia el exterior mientras se oían los motores de un gran número de coches que partían, sin duda, al banquete. Nadie le esperaba. Solo unos monjes le observaban caminar de forma lastimosa hacia la salida. Mientras iba maldiciendo las viejas escaleras de crujiente madera, el último invitado montaba en su automóvil con su familia. En ese momento, una gran ráfaga de viento azotó los árboles
y cayeron hojas por doquier, que volaban en todas direcciones. El aire
olía a tierra y yerba húmedas, y la sensación térmica cambió en pocos
segundos. Monegro se detuvo a veinte metros de la enorme puerta, advirtiendo
el cambio climático tan extraño y brusco. Temiendo una descarga de agua no deseada, resolvió apretar
los dientes y acelerar el paso. En el mismo momento que su mente le dictaba,
un chirriante sonido le sacó de sus pensamientos. Delante de él, la gran
doble hoja del portalón se iba cerrando lentamente. Durante los metros que recorría, Monegro pensó en muchas cosas, cosas sin importancia aparente, pero que sin duda le alejaban de una angustia creciente. Estiró el brazo a falta de un escaso metro, cuando sonó el temido cierre metálico que unía ambas hojas.
Cuarta parte. En contra de lo que creía, se sintió tranquilo,
dominante de la situación. Qué dóciles nos volvemos ante la necesidad. No se veía a nadie. Solo estaba él, el entorno y el viento soplando cada vez más impetuoso y molesto. Pasaban los segundos. Los empujones no servían de nada, el portón resistía las embestidas de un Monegro que se vio sorprendido en varias ocasiones por enormes hojas caducas golpeándole la cara. Volvió a mirar, con atisbos de desesperación en su rostro sudoroso, buscando a alguna persona capaz de echarle una mano. Nadie respondió a su implorante mirada, nadie había. Pero se sentía observado desde las enrejadas ventanas del monasterio, por lo que decidió increpar una vez más a sus habitantes. -"Malditos monjes....que quereis, mamarrachos, que me quede aquí con vosotros?!!. Si os parece llamamos a unas amiguitas que tengo y pasamos la mejor noche de vuestra miserable vida!!. Estaría bueno que a estas alturas llegara yo, os pervirtiera, y os hiciese colgar esas ropas andrajosas que llevais, jajajajajajajaja...!!" Con más afán que antes intentó abrir el portón. Buscó algo que le ayudara a conseguirlo. Pensó en algún apero de labranza que los monjes hubieran dejado en algún sitio, en un tronco o trozo de metal para forzar los barrotes. Nada de todo ello encontró. Solo hojas secas, tierra y viento. Se fue buscando otra salida.-"Estos sitios suelen tener más de una entrada...", caviló con cierta lógica. El tobillo le dolía horrores, pero no podía, en esos momentos, permitirse el lujo de sufrirlos. Entre constantes subidas y bajadas, Monegro tardó más de media hora en recorrer el muro y enrejada que circundaba el monasterio sin encontrar puerta alguna, comprobando, a su vez, la solidez de sus piedras y hierros. Cuando hubo terminado, se encontró en el sitio de partida, mucho más cansado y con un aspecto que nada hacía pensar que hubiese estado de boda. Únicamente le quedaban dos opciones. La primera, dirigirse al monasterio
y respetuosamente solicitar ayuda a sus moradores, no sin antes pedirles
perdón por la cantidad de improperios vertidos a su costa. Y la segunda,
sencillamente, demostrarles a esos tipos disfrazados de sacos atados por
la cintura, sus dotes de escalador. Buscó y encontró una parte en la cual las enredaderas le pondrían las cosas más sencillas. Apoyó el pie izquierdo en una de ellas y agarró con fuerza los barrotes. Se disponía a realizar los últimos esfuerzos, cuando un trueno poderoso e intimidatorio le hizo volver la vista hacia lo alto... Un grito desgarrador, inhumano casi, desde lo más profundo del alma, salió de una garganta henchida de venas a punto de reventar de tamaño esfuerzo. Cayó de espaldas a un suelo plagado de hojas con el rostro desfigurado por el horror y la confusión. Sus ojos, abiertos a más no poder, veian lo imposible de ver. Los barrotes y enredaderas llegaban, como por arte de magia, hasta el cielo, atravesando nubes grises y en movimiento. Boca arriba, apoyado sobre los codos, temblando inmóvil y agarrando con
fuerza hojas del suelo, Monegro miraba fijamente la verja infinita con
ojos desorbitados. Relámpagos y truenos sobre su cabeza, acompañaban la
terrible estampa. Lentamente bajó sollozando y cuando hubo tocado suelo, impotente en su afán, se acurrucó en posición fetal, llorando desconsoladamente. Pasó un tiempo. Pasaron las nubes y el viento cesó. Sobre su cara cayeron tibios rayos de sol. Luz y calor que se vieron interrumpidos por repentinas sombras. Todavía temblando por la impresión, giró la cabeza, despacio, hacia el origen de las mismas. Distinguió tres siluetas oscuras, encapuchadas, a su derecha, que se interponían entre el sol y él. De improviso, a su izquierda surgió otra figura como las anteriores que extendió brazo y mano en señal de auxilio. Solo pudo entrever unos ojos que le miraban con extrema bondad.
Epílogo. La llegada de la primavera era todo un acontecimiento por la zona. Una comarca rica en especies arbóreas, en rios y manantiales, en todo tipo de insectos y animales de monte bajo y alto, que poblaban dos importantes reservas naturales cercanas, hacían que los alrededores del monasterio cobraran una vida, fuerza y vigor inusitados. El primer fin de semana con un tiempo verdaderamente apacible, traía consigo la presencia de excursionistas y familias que gustaban de acercarse a la naturaleza y al monasterio, pues en el exterior se hallaba un merendero con fuente de manantial incluido. Asimismo, el monasterio abría sus puertas a los fieles que deseaban orar. Dentro, los monjes, entre culto y culto, labraban, sembraban y se dedicaban la mayor parte del tiempo a reparar desperfectos ocasionados en la estación anterior. Ese primer sábado de primavera, una familia estaba organizando el almuerzo campestre, cuando el niño le dio una patada sin control a la pelota de goma con la que jugaba con su hermana, más pequeña. No se recató de ordenar a su hermana que fuera a buscarla. La pelota iba dando botes sin sentido, hasta que llegó a la puerta del monasterio, y entró en su interior. Fue perdiendo fuerza y rodando suavemente paró a los pies de un monje, que martillo y sierra en mano, se dirigía a la ermita. La niña entró corriendo y al ver al monje, encapuchado, con el martillo y la pelota a sus pies, se paró en seco. A un grito de su hermano, la pequeña, sin dejar de mirar al monje, se acercó muy despacio. Finalmente, llegó a la altura de la pelota, se agachó, la cogió con sus dos manos, se dio la vuelta y lentamente se dirigió a la salida volviendo la vista de cuando en cuando. El monje, inmóvil, miraba a la niña como se reunía con su familia. Se fijó entonces en el portón abierto. Durante unos segundos. Al momento, dio un paso adelante. Al mismo tiempo que surgió una suave brisa... sonó un leve chirriar en la puerta. La doble hoja se movió unos centímetros. El monje observó sin moverse. Se dio la vuelta y cojeando levemente de su pie derecho fue a proseguir con las reparaciones de las escaleras de la ermita... Fin EL MONASTERIO
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