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Jesucristo en el Monte.
Un hombre aficionado a la bebida, y encontrándose
sin dinero y con mucho deseo de irse a la taberna para saciar su sed,
después de buscar todos los rincones de la casa sin encontrar una
"chica", encontró en un armario y entre las ropas guardado
allí por su mujer un hermoso crucifijo de plata.
Lo tomó en la mano, lo miró atentamente y le
dijo:
-¡Ay, Jesús, Jesús!, vas a ver ahora que después
de andar por tantos montes, hoy acabarás en el de Piedad.
El conejo milagroso.
Un predicador pronunciaba
un sermón en el que citaba el milagro del redentor cuando hizo
multiplicar los panes hasta cinco mil. Y como repitiese esto a cada momento,
un gitano que le oía dijo en tono bastante alto para que fuese
oído por los que le rodeaban:
-¡Va, va, gran coza eza!
Le dijeron que se callase, pero siguió diciendo lo mismo.
-¡Va, va, mucho má que ezo lo ha echo mi hermana!
-¿ Cómo que tu hermana?, ¿ que hizo tu hermana...?-
le preguntaron.
-¿Que qué hizo?. Pue oigan utede, mi hermana ze fué
a Zeviya con un conejo y zatifizo a la guarnición. Pazó
a Cái y lo mimmo. Depué ze vino ar pueblo y también
tubo pa to lo mozo, y cuando volvió a caza trajo er mimmo conejo...
...¡y muchízimo má grande...!
Como los cerdos.
Una mujer viuda
tenía un solo hijo, y llegada que hubo la época de casarse
en combinación o de acuerdo con otra viuda que tenía una
sola hija, ambas decidieron casarles.
Como suele haber madres tan cuidadosas que hasta en estas
ocasiones tienen consejos para sus hijos, la madre del muchacho el día
de la boda llamó al chico y le dió sus instrucciones, dando
lugar a que el hijo le preguntase qué había de hacer al
tener que dormir con la muchacha. La madre en aquel momento se vió
un tanto confusa, y como viese pasar a la sazón un rebaño
de cerdos saltando y jugando a su gusto, le dijo:
-Mira cómo hacen los cerdos, ¿ comprendes?
Y el chico se fijó en algunos movimientos que no echó
al olvido.
Pasó el día de la boda. Pasó la noche
primera, y cuando a la mañana se levantó la chica, se le
presentó la suegra y le preguntó:
-¿Que tal has pasado la noche?
A lo que oyó por respuesta:
-Yo señora no me siento mal, pero le aseguro que con
su hijo no volveré a dormir en mi vida.
-Pues, ¿por qué mujer, ¿por qué?.
- Porque, oiga, señora, se pasó toda la noche
oliéndome el trasero y meando contra la pared. ¿ Le parece
eso poco?.
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