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Carreño desestima invitaciones.                         

  Carreño viajaba en un tren cuando dos conocidos de él tomaron o entraron en el mismo carro, y al darse cuenta de que iba él allí pensaron al momento que iban a tener un viaje muy divertido con sus graciosas ocurrencias. Así se lo dijeron unos a otros, de modo que pudo él darse cuenta muy a tiempo, asi que enseguida le ofrecieron un pitillo diciendo:
  -Gracias, no fumo.
  Y siguió mirando para un periódico que parecía leer. Pasó un rato y sacaron aquellos amigos sus carracas y se pusieron a comer, no sin ofrecer a Carreño un rico bocadillo que también rehusó, y dio las gracias siguiendo con la vista fija en el periódico. Poco después le dijeron:
  -Carreño, ya que no come, tome usted una copita de este rico vino.
  Y les dijo secamente él entonces:
  -No bebo.
  Se lamentaban los amigos por no poder entrar en conversación con tan buen compañero, y lo hacían en un tono bastante alto para que él los oyese, porque tenía o prestaba más atención por lo visto a la conversación de éstos que al periódico que parecía leer. Llegaron a una estación donde les pasaron a saludar unas parientas entre las cuales había una que conoció a Carreño, diciéndoles entonces:
  -¡Ay, que bien van ustedes ahí con tan buena compañía para viajar! Presentadnos a él - les dijeron.
  Y éstos, para que ellas creyesen que trataban al buen humorista con verdadera confianza, le dijeron:
  -Amigo Carreño, tenemos el gusto de presentar a usted nuestras parientas y amigas.
  A lo que contestó el hombre como mal humorado:
  - No jodo.




El mutismo de Carreño.

  Carreño fué invitado en una ocasión para una reunión en casa de una señora, quien deseaba la cooperación del humorista para que la reunión fuese de lo más alegre y divertida. Nada habían dicho a Carreño, pero pronto se dió cuenta del objeto de llevarle a tal reunión. Y como era arraigada en él la costumbre al encontrarse en tal fiesta, se encerró en un completo retraimiento a pesar de tirarle de la lengua varios concurrentes, quienes le preguntaban si se sentía enfermo, y nada ni nadie le sacaba de aquel mutismo. Se acercó a él la señora de la casa y le expuso su extrañeza al verle tan silencioso en una fiesta tan alegre y otras cosas más. A lo que repuso Carreño:
  - Oiga usted, señora, todo es cuestión de apreciaciones. Vea usted esta copa que hay aquí. Supongamos que la quisiera vender partida, y como la parte superior de cristal fino es la que vale algo, y en cambio lo de abajo no vale para nada aunque tiene un poco de oro, pues fácilmente se encontrará que por la copa nadie le da nada, y en cambio por el culo...
  -¿Por el culo...?
  -Por el culo cualquiera le da a usted...¡oh!, ya verá, ya verá cuanto.



Carreño provoca una pelea de ciegos.

  Carreño llegó una mañana a la plaza del Ayuntamiento, donde se hallaban reunidos un grupo de sus amigos, quienes contemplaban y comentaban la actitud y disposi-
ción que desplegaban dos ciegos para sacar la limosna a las gentes que en aquella hora iban entrando a la misa como domingo que era. Se fijó un momento en ellos y les dijo a sus amigos:
  - Os apuesto el vermouth a que hago antes de cinco minutos que los dos ciegos
riñan fuerte, y quizá se darán golpes, tal como los veis.
  -¡Está!- dijeron todos.
  Y partió Carreño en aquella dirección. Se colocó en el medio de la escalerita y dijo en alta voz:
  -¡Tome usted, ahí tiene dos pesetas!, repártalas con su compañero.
  Y se retiró sin darles nada para unirse de nuevo con sus amigos, y pronto pudieron todos oir a los dos ciegos discutir acaloradamente. Y los dos se pedían la correspondiente peseta, y ¡que horror!, uno de estos infelices levantó su palo, con el que descargó tan fuerte golpe al compañero que hubo que salir de la iglesia para intervenir y calmar a los desgraciados ciegos, mientras que Carreño y sus amigos se dirigían muertos de risa a una cantina próxima para tomar su vermouth que pagaron tan caro los pobres ciegos.
  



Carreño defiende a bofetadas.

  Carreño, paseando por la población encontró un chiquillo llorando amargamente, lo que le llamó la atención. Y acercándose al muchacho le preguntó:
  -¿Por qué lloras?, ¿que te pasa, muchacho?
  - Me pegó aquel Payote que está allí - dijo, indicando un mozuelo que a corta distancia le contemplaba a la vez que se reía.
  Agarró por la mano al chico y lo acercó al otro, preguntándole:
  -Vamos a ver, hombre, ¿por qué tú le pegaste al pequeño? ¿no te da vergüenza cometer estos abusos? ¿ quieres apostar que no le pegas más?
  El otro le miró creyendo sin duda que la lucha no sería muy desigual en el caso de que quisiese defender al pequeño, y le dijo:
  -¡A que sí!
  Diciendo así y pegando, todo fué uno. El niño cayó al suelo y Carreño volvió a decirle al otro:
  -¡A que no vuelves a darle!
  Y cuando aún no había oído esto, le descargó tal bofetada al chico que fué el pobrecito rodando por el suelo. Carreño entonces levantó al niño del suelo por última vez y agarrándole por la mano le dijo:
  -Vámonos de aquí pronto, querido, vámonos porque si no marchamos ese tío te va a matar a bofetadas. ¿Habrá mozo más bruto?.

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